Ella estaba viviendo su íntimo momento en el lugar más confortable algo así como sobrevolar el horizonte donde se funden cielo y mar.

Ella estaba sumergida en la bañera, extasiando los sentidos, con una copa de vino y un vinilo girando. Se siente libre y vagabunda pues viaja donde los sonidos la lleven.

Ella tararea y ahonda en sus recuerdos pues con su edad,  ya almacena tantos como marcas dibujan su piel. No le molesta tener arrugas, pues al igual que la aguja de su tocadiscos lee surcos y reproduce maravillosas grabaciones, en los suyos se lee su propia vida.

Ella sabe que este momento es una rareza fugaz en su vida y un placer breve, por ello lo vive de manera intensa como la voz de Nina que es de esa misma naturaleza.

Ella se levanta violentamente de la bañera, su cuerpo altera la calma del agua estancada y de pie, sus ojos clavan la vista en la aguja. Un instante de pánico se apodera de su momento y quedando perpleja en el movimiento casi hipnótico del disco como si de un agujero negro se tratase, este la engulle a la nada que surgió hace algunos meses en su cabeza.

Ella ya no era Ella pues sus recuerdos se desvanecen, despojándola de todo conocimiento adquirido, de toda concepción del mundo, de su persona, encerrada en un cuerpo vivo y marcado, con una mente que una vez fue brillante y que ahora vaga como el humo intentando cazar momentos y palabras.

Nina Simone cantaba “I put spell on you” y pensó en esos últimos momentos de lucidez que había sido hechizada y que no había remedio ni cura para ella en este mundo, en el cual, vagaría como un fantasma el resto de su vida pues su tiempo había acabado y rota, sin esperanza quedó varada en esa bañera.

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