Septiembre de 1993 en Nueva York. Jim Abbot, como era costumbre en las mañanas de Domingo, iniciaba su peregrinaje habitual por las tiendas de discos de Greenwich Village. Jim era uno más de esos melómanos empedernidos fascinados por revivir épocas pasadas. Pertenecía a esa especie de coleccionistas en peligro de extinción, que prefiere pasar días enteros sin comer antes de desprenderse de su adquisición semanal de nostalgia musical, en su caso discos de folk y pop de los 60 y 70.

Bien entrado el mediodía, el viaje alcanzó su punto más álgido en su parada favorita, el numero 145, la tienda sin nombre. Era un portal de un bloque de edificios que los vecinos de la zona utilizaban como mercadillo. Esta vez, cuando traspasó el arco de su catedral particular, montañas de vinilos esperaban su más sincera adoración. En principio no parecía para nada animado por lo que veía. Había poco de particular que mereciese su atención. Los mismos discos de Dylan, Neil Young y Neil Diamond que él ya poseía. Cuando encontró algo que no se esperaba. Bedsitter Images, el primer LP de Al Steward. Jim lo ansiaba incluso antes de haber escuchado hablar de él. Era más que un sentimiento fetichista, era la  necesidad de tenerlo para completarse a sí mismo. Algo difícil de entender si no se es coleccionista. Vio la pegatina del precio y pensó -¡Solo diez pavos!- Para él ese precio era poco más que un regalo para un artículo que debiera estar en un museo. Acto seguido se percató de un detalle que le perturbó. Estaba firmado. Odiaba cuando la gente regala un disco y siente la necesidad de firmarlo. Para él, ésta es una costumbre estúpida. Sólo el autor tenía derecho a firmar su obra. Grande fue su sorpresa cuando descubrió que éste era el caso. Parecía ser la firma autentica del mismísimo Al Steward. En la inscripción se leía: “Para Jackson, el mejor, Al Steward”.  Mierda – pensó- ¿Quien sería ese Jackson?. En ese momento le daba igual, ese disco valía mucho más de diez pavos y tenía que ser suyo. Se dispuso a su compra, con parsimonia medida se acercó al vendedor, un anciano de color, y con los diez dólares en la mano y casi sin hablar se dispuso a darle el dinero. Aunque era comprador experimentado le fue imposible contener su nerviosismo. El vendedor se percató de ello y le obligó a enseñarle otra vez la pegatina del precio. Al verla este aceptó el dinero a regañadientes. Jim se dispuso a darse la vuelta para salir del lugar cuando sintió un sudor frío bajando por su espalda. Tenía curiosidad. Pensaba ¿Quién sería ese  Jackson? ¿Cómo había conseguido ese tipo este disco?. A sus amigos y conocidos no lo podría enseñar sin saber la historia que escondía detrás. Podría ser la peor idea de su vida pero tenía que preguntar al vendedor por su procedencia. Sabía que se arriesgaba a que le modificase el precio, pero le podía la curiosidad.

-¿Cómo consiguió este disco?

-Amigo, por su cara sé que vale mucho más de diez pavos pero tengo principios y nunca cambio el precio en plena venta. No meta más el dedo en la llaga.

Jim se quedó asombrado con este gesto de honestidad. Aún así la curiosidad le pudo otra vez más e insistió en su pregunta.

– Lo trajo un tipo raro. Estos discos son casi todos son suyos, se los cambie por comida.

-¿Dónde vive?

-Ni idea, suele pasarse por aquí los sábados ¿Contento?

Y Jim siguió su camino hacia su casa. Se preguntaba por qué no era feliz. Tenía un disco que amaba, pero esa firma le turbaba. De pronto dejo de caminar en seco. Cayó en algo. Recordó un cantante folk de los 60 cuya música le hechizó durante un par de semanas. Su nombre era Jackson C. Frank. Concordaba con la firma. Corriendo continuó su camino hasta su piso situado a dos manzanas, dejó su vinilo recién adquirido en la entrada y se apresuró sobre la estantería de discos para buscar el LP que tenía en la cabeza desde que salió de la tienda. Después de varios minutos lo encontró. Como suele pasar con la música más peculiar, puede llegar a marcar un tiempo de nuestra vida pero también es la más fácil de guardar en el olvido. ¿Cómo podía haber dejado de escuchar ese disco?. Y entonces los primeros acordes de guitarra salieron por el altavoz. Era un sonido dulce e íntimo. ¿Podía ser ese Jackson el de la firma?.

SEGUNDO CAPITULO PROXIMAMENTE